Comunidad de Madrid: vive experiencias a las afueras de la capital
Madrid no termina en la M-30. A menos de una hora de la capital, la Comunidad de Madrid guarda otras formas de explorar la región, distintas de la que ofrece la ciudad. Monasterios que fueron el centro de un imperio, plazas que llevan siglos sin cambiar de escala, montañas donde perderse un día entero y pueblos que más que leer sobre ellos hay que caminarlos. Quien se anima a salir descubre que Madrid es un territorio con muchas capas, donde cada escapada corta cuenta una historia completamente distinta a la del asfalto y los rascacielos de la capital.

Chinchón, la villa que le dio nombre a un remedio y a una fiesta
A menos de una hora de Madrid, en la comarca de Las Vegas, Chinchón vive a un ritmo distinto del que marca la capital. El pueblo, de apenas seis mil habitantes, tiene su casco histórico protegido desde 1974, y esa protección explica por qué todo en él encaja: las alturas, los balcones, la relación entre plazas, iglesias y calles cuentan una misma historia sin fisuras.
Su fama tiene más de un origen. Está la Plaza Mayor, irregular y cerrada, rodeada de soportales y de balcones de madera pintados de verde que se cuentan por más de doscientos, y que llevan siglos sirviendo de escenario para fiestas, corridas y rodajes de cine. Y está, sobre todo, la Semana Santa. La leyenda cuenta que la condesa de Chinchón, virreina en el Perú colonial, se curó unas fiebres gracias a la quina, la corteza de un árbol que acabaría revolucionando la medicina europea contra la malaria, y que llevó su nombre para siempre. Pero la cita ineludible es la Pasión de Chinchón, declarada fiesta de interés turístico nacional: cada Sábado Santo, los propios vecinos representan la Pasión de Cristo recorriendo las calles y la Plaza Mayor del pueblo, que hace de decorado real, sin escenario ni butacas de por medio.
Chinchón no necesita venderse, es para caminarlo y para observarlo. El antiguo convento agustino reconvertido hoy en Parador, el castillo de los Condes asomando sobre el pueblo, la Torre del Reloj con su curioso dicho sobre la iglesia que nunca tuvo campanario propio y el anís que lleva el nombre del pueblo con todas las de la ley terminan de redondear una visita que sabe a domingo, aunque sea entre semana. Cada febrero, además, el pueblo entero retrocede varios siglos con un mercado medieval que recrea la visita de los Reyes Católicos a los marqueses de Moya, sus antiguos señores, con juglares, batallas y un desfile de antorchas que ilumina la Plaza Mayor al caer la noche.
Tres planes para un día en Chinchón: Empieza por la Plaza Mayor, sin prisa, buscando la sombra de los soportales y, si el apetito apareciera, una mesa en alguno de los restaurantes con balcón sobre la plaza. Sube después hasta la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, que guarda un lienzo atribuido a Goya, y desde ahí busca la Torre del Reloj para entender el dicho local antes de callejear sin rumbo por el casco empedrado. Cierra la jornada con un asado en horno de leña o una sopa de ajo, regados con un anís de la tierra, antes de perderte por las calles que rodean el antiguo convento.

San Lorenzo de El Escorial, el pueblo que Felipe II construyó a la medida de un imperio:
A poco menos de cincuenta kilómetros de Madrid, al pie de la Sierra de Guadarrama, está San Lorenzo de El Escorial. Se llega en tren de Cercanías o, si se prefiere algo con más historia, en el Tren de Felipe II, una máquina de los años cuarenta que atraviesa el paisaje serrano como si el reloj también se hubiera quedado atrás. El pueblo creció alrededor de una decisión de Felipe II: construir a mediados del siglo XVI, un monasterio que fuera panteón real, colegio y centro espiritual a la vez. La obra empezó con Juan Bautista de Toledo, discípulo de Miguel Ángel, y la terminó Juan de Herrera. Este último acabó dando nombre a todo un estilo arquitectónico, el herreriano, tan austero y geométrico que sus contemporáneos lo llamaron la octava maravilla del mundo.
Su fama es, sobre todo, la del monasterio, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1984. Dentro guarda una biblioteca con miles de manuscritos, panteones reales, palacios y una basílica decorada con frescos de Luca Giordano. El pueblo que creció a su sombra tiene mucho más que ofrecer que esta visita obligada. Aquí Felipe II se sentaba en una silla tallada en la roca para vigilar personalmente las obras, un mirador que hoy sigue regalando una de las mejores vistas de la sierra. Y, siglos después, San Lorenzo sigue siendo un pueblo con vida propia, no solo un decorado para turistas: tiene el teatro cubierto más antiguo de España en activo, jardines diseñados para la realeza y un entorno natural que ocupa más de cincuenta kilómetros cuadrados de bosque y montaña.
Merece la pena ir porque San Lorenzo funciona en cualquier escala de tiempo: se puede visitar en una jornada o quedarse unos días sin agotar sus posibilidades. El bosque de la Herrería invita a caminar sin prisa, el barrio del Plantel esconde villas de principios del siglo XX que pocos turistas encuentran, y la mesa local, entre alta cocina con estrella Michelin y carnes de la sierra, da motivos de sobra para alargar la visita hasta el anochecer, cuando la basílica se recorta contra el cielo y el pueblo entero parece pertenecer a otra época.

Tres planes para un día en San Lorenzo de El Escorial: Empieza por el Real Monasterio, aunque solo sea para entender por qué lo llamaron la octava maravilla, y súbete después hasta la Silla de Felipe II atravesando el bosque de la Herrería, un paseo corto que termina con una de las mejores panorámicas de la sierra. Completa la mañana en las Cocheras del Rey, un museo privado que enseña carruajes, trineos y objetos de viaje de la corte, con la particularidad de que los propios dueños te los presentan en persona. Y para cerrar el día, prueba un cocido de quince platos en El Charolés o el modelo de cocina de kilómetro cero de Montia. No te vayas de allí sin antes probar una bizcotela, un dulce con más de 250 años de historia, típico de San Lorenzo de El Escorial.









